
Los amantes de los floripondios literarios aborrecerán este libro. Lo aborrecerán por distinto, por salvaje. Por no-esperado. No hablo de la trama; la trama de El curioso incidente del perro a medianoche no es lo que lo convierte en uno de los diez (o cinco, capaz) mejores libros que leí (justa y cruelmente, García Márquez queda fuera de todo concurso).
Esta novela misteriosa y dramática está narrada en primera persona por Christopher, un adolescente autista que es capaz de realizar cálculos matemáticos con cifras inverosímiles pero que no entiende las metáforas. Es decir: si van a leer este libro, prepárense para enfrentarse a una novela carente de todo recurso embellecedor de letras. En El curioso incidente del perro a medianoche no hay más que narraciones de hechos concretos y pelados. Es como si yo escribiera un libro de doscientas páginas en el que contara mi vida de la siguiente manera:
Hoy me desperté y desayuné. Saqué a pasear a mi perro. Al mediodía me preparé el almuerzo. Y le preparé el almuerzo al perro.
Y así, doscientas páginas. O trescientas. O lo que sea. La diferencia vital entre ese bodrio de dos líneas que acabo de escribir y el libro de Mark Haddon es que el libro seduce, angustia y emociona.
Mark Haddon demuestra tener un talento extraño: atrapa al lector con un libro que está escrito sin más recursos que una endiablada narrativa. Los amantes de los floripondios literarios lo acusarán de pobreza de lenguaje.
A mí no me gustan los amantes de los floripondios literarios. Confunden la primavera con un invernadero.