Entré en una avalancha
que cubrió mi alma.
Cuando no soy este jorobado que ves
duermo bajo la colina dorada.
Tu que deseas conquistar el dolor
debes aprender, aprender a servirme bien.
Arañas mi costado por accidente
cuando bajas por tu oro.
El deforme este que vistes y alimentas
no se muere ni de hambre ni de frío;
el no ha solicitado tu compañía
no en el centro, centro del mundo.
Cuando estoy sobre un pedestal
tu no me subiste allí.
Tus leyes no me fuerzan
a arrodillarme grotesco y desnudo.
Yo mismo soy el pedestal
para esta fea joroba a la que tu miras con descaro.
Tu que deseas conquistar el dolor
debes aprender lo que me hace amable.
Las migajas de amor que tu me ofreces
son las migajas de amor que yo he dejado detrás.
Tu dolor no tiene credencial aquí,
es sólo la sombra, sombra de mi herida.
He empezado a desearte,
yo que no tengo ambición;
he comenzado a preguntar por tí,
yo que no tengo necesidad.
Tu dices que te has alejado de mí
pero puedo sentirte cuando alientas.
No te vistas con esos harapos por mí.
Se que no eres pobre.
Y no me ames con tanta fuerza ahora
cuando sabes que no estás segura.
Es tu turno para amar, mi bienamada,
es tu carne que yo llevo como vestido.
lunes, 2 de junio de 2008
sábado, 1 de diciembre de 2007
Harry Potter y la Orden del Fénix - J.K.Rowling
Hace varios años, un sádico y cruel dictador dominaba el mundo. Su credo rezaba que todas las personas de razas mezcladas debían ser exterminadas. Este dictador contaba con un séquito de personas dispuestas a obedecerlo en todo, sin cuestionar sus leyes ni métodos. Muchas personas murieron en sus manos y muchas otras enloquecieron debido a las torturas recibidas. Un día, el poder del dictador cesó y el mundo creyó que por fin se habrían librado de él.Quince años después del horror, un adolescente dio una noticia indeseable: el dictador estaba volviendo al poder. Desde las sombras, el dictador enfermo de maldad volvía a alzarse junto a aquellos que una vez lo siguieron. La gente no quería creerlo, la gente se negaba a creerlo. El adolescente insistía. La gente comenzó a decir que el adolescente estaba loco y que quería llamar la atención. La única persona que lo apoyaba era un viejo que, según decía la gente, ya había empezado a chochear. A partir de esta serie de sucesos, se declara una batalla de poderes: por un lado, la gente que no quería asumir la realidad y los políticos que fingían que todo estaba bien; por el otro lado, el adolescente y el viejo que trataban de abrirle los ojos al mundo.
Quien crea que Harry Potter y la Orden del Fénix es un inofensivo libro para niños o un bonito producto hueco, se equivoca. Ni inofensivo ni hueco. Es inteligente y político.
jueves, 18 de octubre de 2007
Angélica (tomo 1) - Anne y Serge Golon
La historia de Angélica es una de las más apasionantes que me tocó conocer.
Voy a empezar a relatarles desde que nuestra heroína es obligada a casarse con el Conde Joffrey de Peyrac, el hombre más rico e influyente del Languedoc. En 1668, la joven y hermosa Angélica de Sancé, de 17 años, vivía feliz en su castillo en decadencia ubicado en Monteloup, provincia campesina y frutal de Francia. Hermana de muchos hermanos e hija de un noble en las malas, Angélica, la rebelde, sanguínea y libre Angélica fue forzada a casarse con un Conde rico pero, decían, feo, rengo y que la doblaba en edad. Encima, las lenguas malas decían en susurros que el Rengo del Languedoc era brujo. Entendamos: brujo en 1668. Las lenguas malas detallaban que el Conde Rengo atraía a las mujeres con extraños hechizos y que en su palacio de Toulouse (palacio más exquisito que el mismísimo castillo real) tenía una habitación maldita de la que salían humo, vapores y olores extraños. Que se había hecho rico por sus poderes y pactos con el diablo. Es de entender que nuestra pobre Angélica estuviera horrorizada y se negara a unir su vida a ese engendro.
Nada pudo hacer la pobre desdichada. De golpe, la rústica y feliz muchacha se encontró unida al Conde de sus pesadillas.
Detengámonos un momento en el Conde para poder seguir con Angélica. Joffrey de Peyrac tenía la cara desfigurada y cubierta de cicatrices. Era, a simple vista, horroroso. Su pierna derecha era notablemente más corta que la izquierda. Hasta aquí, el espanto inicial. Hasta aquí, la simple vista. Quienes veían más allá, quienes se acercaban lo suficiente para ver más allá, podían comprobar que Peyrac era rengo pero no importaba, era desfigurado pero no importaba. Era tal su poder de seducción, que las mujeres se enamoraban con un ardor devoto e imperecedero. El más bello de los caballeros se habría conformado con una migaja de esa pasión. El Conde no era brujo sino alquimista; en 1668 todo era lo mismo. Todo aquello que no se entendía era obra del Diablo, jamás de Dios (menos mal que la humanidad evolucionó).
Así, Angélica se vio casada con un hombre fabuloso, un adelantado para ese siglo. Un hombre que era amado por todos aquellos que no lo envidiaban. ¿Y qué le envidiaban los que lo envidiaban? Hagamos una lista: su inmenso poder (Toulouse lo amaba más que al Rey, un extremadamente joven Luis XIV), su sabiduría incomparable, su mujer (la más hermosa de Francia) y su fortuna (mayor que la del extremadamente joven Luis XIV).
Angélica se enamoró de su hombre fabuloso, ajena al afuera. Angélica lo amó con su totalidad. Angélica le dio un hijo, Florimond.
Dos o tres años más tarde, cuando nuestra protagonista se hallaba embarazada de su segundo hijo, el Rey y la Iglesia unieron sus miserias, juntaron sus ambiciones y condenaron al supuesto brujo a morir en la hoguera. El gran Joffrey de Peyrac luchó con todas sus armas. Todo le daba la razón. Pero misteriosamente murieron sus testigos y desaparecieron sus pruebas.
Horas antes de que Angélica diera a luz a Cantor, su marido ardió vivo hasta morirse en la hoguera que crearon y avivaron quienes tenían mucho que ganar.
Angélica pagó los honorarios del valiente abogado Desgrez, defensor de su marido. Luego comprobó que el resto de sus bienes estaban confiscados y, sin esperanzas ni sueños (apenas contaba con un poco de vida), se internó en los suburbios de una Francia miserable y se convirtió en sombra.
(Continuará).
Voy a empezar a relatarles desde que nuestra heroína es obligada a casarse con el Conde Joffrey de Peyrac, el hombre más rico e influyente del Languedoc. En 1668, la joven y hermosa Angélica de Sancé, de 17 años, vivía feliz en su castillo en decadencia ubicado en Monteloup, provincia campesina y frutal de Francia. Hermana de muchos hermanos e hija de un noble en las malas, Angélica, la rebelde, sanguínea y libre Angélica fue forzada a casarse con un Conde rico pero, decían, feo, rengo y que la doblaba en edad. Encima, las lenguas malas decían en susurros que el Rengo del Languedoc era brujo. Entendamos: brujo en 1668. Las lenguas malas detallaban que el Conde Rengo atraía a las mujeres con extraños hechizos y que en su palacio de Toulouse (palacio más exquisito que el mismísimo castillo real) tenía una habitación maldita de la que salían humo, vapores y olores extraños. Que se había hecho rico por sus poderes y pactos con el diablo. Es de entender que nuestra pobre Angélica estuviera horrorizada y se negara a unir su vida a ese engendro.
Nada pudo hacer la pobre desdichada. De golpe, la rústica y feliz muchacha se encontró unida al Conde de sus pesadillas.
Detengámonos un momento en el Conde para poder seguir con Angélica. Joffrey de Peyrac tenía la cara desfigurada y cubierta de cicatrices. Era, a simple vista, horroroso. Su pierna derecha era notablemente más corta que la izquierda. Hasta aquí, el espanto inicial. Hasta aquí, la simple vista. Quienes veían más allá, quienes se acercaban lo suficiente para ver más allá, podían comprobar que Peyrac era rengo pero no importaba, era desfigurado pero no importaba. Era tal su poder de seducción, que las mujeres se enamoraban con un ardor devoto e imperecedero. El más bello de los caballeros se habría conformado con una migaja de esa pasión. El Conde no era brujo sino alquimista; en 1668 todo era lo mismo. Todo aquello que no se entendía era obra del Diablo, jamás de Dios (menos mal que la humanidad evolucionó).
Así, Angélica se vio casada con un hombre fabuloso, un adelantado para ese siglo. Un hombre que era amado por todos aquellos que no lo envidiaban. ¿Y qué le envidiaban los que lo envidiaban? Hagamos una lista: su inmenso poder (Toulouse lo amaba más que al Rey, un extremadamente joven Luis XIV), su sabiduría incomparable, su mujer (la más hermosa de Francia) y su fortuna (mayor que la del extremadamente joven Luis XIV).
Angélica se enamoró de su hombre fabuloso, ajena al afuera. Angélica lo amó con su totalidad. Angélica le dio un hijo, Florimond.
Dos o tres años más tarde, cuando nuestra protagonista se hallaba embarazada de su segundo hijo, el Rey y la Iglesia unieron sus miserias, juntaron sus ambiciones y condenaron al supuesto brujo a morir en la hoguera. El gran Joffrey de Peyrac luchó con todas sus armas. Todo le daba la razón. Pero misteriosamente murieron sus testigos y desaparecieron sus pruebas.
Horas antes de que Angélica diera a luz a Cantor, su marido ardió vivo hasta morirse en la hoguera que crearon y avivaron quienes tenían mucho que ganar.
Angélica pagó los honorarios del valiente abogado Desgrez, defensor de su marido. Luego comprobó que el resto de sus bienes estaban confiscados y, sin esperanzas ni sueños (apenas contaba con un poco de vida), se internó en los suburbios de una Francia miserable y se convirtió en sombra.
(Continuará).
sábado, 29 de septiembre de 2007
Limpieza de sangre - Arturo Pérez Reverte

En éste, el segundo tomo de Las aventuras del Capitán Alatriste, el joven Íñigo Balboa cae en poder de la Inquisición. La trama es fácil de deducir para quienes leyeron el primer volúmen: en esta ocasión, Diego Alatriste, con ayuda de Quevedo y del conde de Guadalmedina, debe rescatar al valiente mozuelo, ese ahijado que la vida y la muerte pusieron en su camino para demostrarle que incluso un soldado curtido por innumerables guerras tiene un costado vulnerable.
El delicioso Pérez Reverte me ayudó a ampliar mi vocabulario: desde que lo leo, utilizo a diario palabras como ardite, higa, hidalgo y pardiez. Y descubrí que esas peleas de intelectos que hacen que los escritores parezcan vedettes viene, al menos, desde la época de Quevedo y Góngora.
Copio un párrafo de Limpieza de sangre, para que vean vuestras mercedes:
"... aunque todos los hombres somos capaces de lo bueno y de lo malo, los peores son aquellos que, cuando administran el mal, lo hacen amparándose en la autoridad de otros... y si terribles son quienes dicen actuar en nombre de una autoridad, una jerarquía o una patria, mucho peores son quienes se estiman justificados por cualquier dios... porque en las cárceles secretas de Toledo pude aprender, casi a costa de mi vida, que nada hay más despreciable ni peligroso que un malvado que cada noche se va a dormir con la conciencia tranquila... y aún resulta peor cuando se actúa como exégeta de una sola palabra, sea del Talmud, la Biblia, el Alcorán o cualquier otro escrito... desconfíen siempre vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro...".
miércoles, 1 de agosto de 2007
El anatomista - Federico Andahazi
En el año 1996, El anatomista causó un revuelo digno de la Edad Media.La novela de Federico Andahazi había resultado ganadora del premio literario que otorga una fundación; pero cuando la voz mandante de dicha fundación, una señora de alcurnia y apellido famoso, se enteró de qué iba el libro, puso el grito en el cielo e intentó retirar el premio de las manos de Andahazi (no recuerdo si lo logró o si alguien le comentó que el hecho de no otorgar un premio bien ganado es muy poco ético).
La trama es la siguiente: Mateo Colón es un anatomista del Renacimiento. El anatomista se enamora de una mujer que no corresponde a semejante amor. Pero el hombre se emperra y decide recorrer el mundo en busca de un filtro, remedio o yuyo que permita dominar la voluntad femenina. Luego de un tiempo se da cuenta de que no existe tal cosa, mas gracias a su perseverancia y su sabiduría en lo relativo al cuerpo humano, Mateo Colón descubre el clítoris. Descubre que las mujeres tenemos en nuestro cuerpo un órgano cuya única función es darnos placer. Y ahí se arma un membrillo que ni te cuento.
El anatomista es uno de esos libros que ampliaron mi visión de la literatura. Cuando leí Cien años de soledad, supe que la literatura es un paraíso embriagador e infinito. Cuando leí por primera vez a Borges, supe que la literatura es un laberinto perfecto.
Cuando leí El anatomista, supe que se puede hacer equilibrio entre el erotismo y la pornografía sin caer jamás. Y entonces entendí que además de belleza y amor y paraíso y laberinto, la literatura es arte marcial.
viernes, 13 de julio de 2007
El curioso incidente del perro a medianoche - Mark Haddon

Los amantes de los floripondios literarios aborrecerán este libro. Lo aborrecerán por distinto, por salvaje. Por no-esperado. No hablo de la trama; la trama de El curioso incidente del perro a medianoche no es lo que lo convierte en uno de los diez (o cinco, capaz) mejores libros que leí (justa y cruelmente, García Márquez queda fuera de todo concurso).
Esta novela misteriosa y dramática está narrada en primera persona por Christopher, un adolescente autista que es capaz de realizar cálculos matemáticos con cifras inverosímiles pero que no entiende las metáforas. Es decir: si van a leer este libro, prepárense para enfrentarse a una novela carente de todo recurso embellecedor de letras. En El curioso incidente del perro a medianoche no hay más que narraciones de hechos concretos y pelados. Es como si yo escribiera un libro de doscientas páginas en el que contara mi vida de la siguiente manera:
Hoy me desperté y desayuné. Saqué a pasear a mi perro. Al mediodía me preparé el almuerzo. Y le preparé el almuerzo al perro.
Y así, doscientas páginas. O trescientas. O lo que sea. La diferencia vital entre ese bodrio de dos líneas que acabo de escribir y el libro de Mark Haddon es que el libro seduce, angustia y emociona.
Mark Haddon demuestra tener un talento extraño: atrapa al lector con un libro que está escrito sin más recursos que una endiablada narrativa. Los amantes de los floripondios literarios lo acusarán de pobreza de lenguaje.
A mí no me gustan los amantes de los floripondios literarios. Confunden la primavera con un invernadero.
miércoles, 4 de julio de 2007
B de Bestias - Sue Grafton

Sue Grafton tuvo una vez una excelente idea: escribir una saga de novelas policiales utilizando, en sus títulos, las letras del abecedario. Es decir, letra por letra. Novela por novela.
El libro de hoy es el segundo de la saga (ya se que no hace falta tener mi elevadísimo coeficiente intelectual para darse cuenta, ya se que ya saben que la B es la segunda letra, pero ténganme paciencia) y está protagonizado, como todos, por la extraordinaria Kinsey Millhone. A ver, lo genial de Kinsey Millhone radica irónicamente en que de extraordinario no tiene nada: hasta ahora, no conozco un detective de novela que sea tan creíble como la heroína del abecedario. Dos veces divorciada, amante de la comida grasosa y poco saludable, sensible a los hombres hermosos, terca, malhablada.
Y con licencia para llevar armas.
Nos encanta Kinsey Millhone porque la sentimos posible. Sabemos que cuando seamos detectives no seremos ni el perfecto Sherlock Holmes ni la bondadosa Jane Marple ni el cándido Padre Brown.
Cuando el sueño de convertirnos en el mejor detective se haga realidad, seremos Kinsey Millhone.
Y nos encanta.
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